La ideología revolucionaria del proletariado, a partir de su fundación con Marx y Engels para llegar a las fases sucesivas al marxismo-leninismo-maoísmo, da una explicación histórico-materialista de los motivos de fondo de tal expresión e indica con precisión por qué el destino de las mujeres está unido al comunismo y a la lucha por su afirmación. Las mujeres perdieron su prestigio y su libertad con el colapso del comunismo primitivo y el advenimiento de las sociedades divididas en clases y fundadas sobre la opresión y sobre la explotación de una minoría para perjuicio de la mayoría. Desde el esclavismo al feudalismo, al capitalismo y al imperialismo, las mujeres continuaron siendo relegadas a una condición de marginalidad y subordinación. Todos los pasajes más progresivos del desarrollo de la humanidad hasta la revolución proletaria con sus históricas conquistas pusieron en primer plano el protagonismo de las mujeres y alimentaron la lucha contra su condición de opresión. La ideología revolucionaria del proletariado, el marxismo-leninismo-maoísmo, es la única explicación teórica en grado de iluminar la historia de las mujeres y es la única concepción del mundo que indica la vía para su definitiva emancipación.
El feminismo que inició a desarrollarse en Europa en la primera mitad del siglo XIX como manifestación de las tendencias burguesas liberales y de las democrático-burguesas revolucionarias tenía sin sombra de dudas un porte progresista. Después de este periodo, con el nacimiento del marxismo, a medida que avanzaba la teoría del proletariado que se estaba afirmando en la escena mundial a través de luchas revolucionarias, la burguesía ya al poder de clase revolucionaria se transformaba en una clase contrarrevolucionaria. Todo esto llevaba al hecho de que a finales del siglo XIX, con la entrada del capitalismo en su fase terminal, la del imperialismo, el movimiento feminista se hubiese reducido sustancialmente a las mujeres de la burguesía liberal y, aunque manteniendo aún ciertos rasgos progresistas, en su conjunto fuese evolucionando en sentido reaccionario. Por el contrario, las mujeres y los hombres más avanzados de la clase obrera y de las masas populares, bajo la guía del marxismo desarrollaban su conciencia como clase, individuando en los intereses de la burguesía intereses antagónicos a los del proletariado.
Gracias a la afirmación y a la expansión del marxismo antes y del marxismo-leninismo y marxismo-leninismo-maoísmo después entre el proletariado y las masas populares de gran parte del mundo, el siglo XX vio florecer en varias ocasiones partidos comunistas revolucionarios en casi todos los países. Al interior de estos partidos mujeres y hombres participaban codo a codo en la lucha por el avance de la Revolución Socialista en los países imperialistas y por la afirmación de las Revoluciones de Nueva Democracia en los países de capitalismo burocrático. Esto ocurría con el pleno conocimiento de que no puede existir real emancipación de la humanidad, real igualdad entre hombres y mujeres y real eliminación de la opresión de las mujeres en una sociedad dividida en clases. Así como siempre les quedó claro a estos partidos, a estas mujeres y a estos hombres revolucionarios que la verdadera emancipación de las mujeres está indisolublemente ligada a la lucha por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y de la explotación de un puñado de hombres sobre la mayoría de la humanidad. Las experiencias victoriosas de las revoluciones en la URSS y China, incluida la experiencia de la GRCP, fueron las únicas experiencias que hayan realizado efectivos cambios revolucionarios a gran escala en la condición política, económico-social y cultural de las mujeres y fueron ejemplo para todas las mujeres revolucionarias y sinceramente democráticas a nivel mundial.
En Italia, la lucha de emancipación de las mujeres revolucionarias alcanzó su cúspide en la participación activa en la guerra civil antifascista y de Resistencia por la afirmación de una Democracia Popular sobre la vía del Socialismo traicionada y liquidada por el partido comunista dirigido por Palmiro Togliatti. Entre otras cosas, Togliatti trabajó contra la emancipación de las mujeres, emprendiendo una amplia campaña ideológica en primer lugar para cancelar el protagonismo de las comunistas durante la Resistencia. Con este propósito, desde abril de 1945 se ocupó en diversos modos en difundir instrucciones al partido para obstaculizar la participación de las partisanas en las marchas que desfilaban dentro de las ciudades liberadas en fiesta por la victoria sobre el nazifascismo. La campaña prosiguió con el intento explícito de empujarlas en el ámbito privado, que las relegaba al rol de cuidado y de asistencia de la familia al interior de las paredes domésticas. El PC de Togliatti volvía a confirmar así y estipulaba la continuidad, también en este plano, con la ideología oscurantista del régimen fascista y de la iglesia.
En la Italia de la mitad de los años Sesenta, el movimiento feminista reaparecía brevemente para después confluir rápidamente en los varios grupos y en las varias organizaciones de la entonces extrema izquierda. A galope entre los años Sesenta y Setenta y en los años inmediatamente sucesivos, yendo en contratendencia respecto al machismo y a la mística ética interclasista del “somos todos compañeros”, que siempre caracterizaba a organizaciones como los llamados “marxistas-leninistas”, los “trotskistas y los bordiguistas, AO-DP, Lucha Contínua y parte de las áreas de la Autonomía Obrera, la bandera de la lucha contra la opresión de las mujeres y del indisoluble nexo entre liberación de las mujeres y lucha por el comunismo era empuñada sobre todo por las Organizaciones Combatientes. El protagonismo de las mujeres comunistas era de hecho una característica de estas organizaciones, en particular de la principal entre ellas. El carácter movimientista de tales organizaciones y sus posiciones eclécticas jugaron un rol decisivo en el surgimiento de su crisis y de la sucesiva derrota.
Mientras ocurría todo esto, los grupos y los movimientos hegemonizados por las áreas del revolucionarismo oportunista y pequeño-burgués del marxismo crítico y de la nueva izquierda evidenciaban ya a mitad de los años Setenta las dinámicas que habrían desembocado en una profunda regresión ideológica y política. La presión externa representada por la represión y por las leyes liberticidas tuvo un peso relevante solo porque pudo operar sobre las causas internas en los grupos amplificándolas. El centro de la cuestión residía en las teorías, en las estrategias y en las líneas ideológicas y políticas de estas fuerzas. Así un proceso potencialmente revolucionario, caracterizado por una relevante inversión de energías y vitas individuales, terminaba por transformarse, en línea con los intereses y las expectativas del adversario de clase, en una operación, aunque parcial y momentánea, de reorganización y reconstrucción de la sociedad civil reaccionaria también a través de la selección y la captación de la capa política pequeño-burguesa de parte relevante de tales organizaciones.
La irrupción de las dinámicas de la crisis de los grupos oportunistas se expresó también en la forma del resurgimiento del feminismo.
Si antes predominaba en todos los grupos oportunistas el machismo y, en modo místico e idealista, el mito identitario de una ética “comunitaria” concebida como inmediata posibilidad de nuevas relaciones no más opresivas, propietarias y competitivas entre hombre y mujer capaces de conectar en el ámbito personal y privado con ese de la militancia política, todo esto caía a pedazos con la irrupción de la crisis política e ideológica de tales grupos. La vía del feminismo se limitó sin embargo a sustituir la ética identitaria comunitaria de carácter idealista con otro mito igualmente idealista y en última instancia regresivo, ese del carácter estructural del antagonismo entre hombre y mujer en el interior del partido, de la clase del proletariado y de las masas populares. Que después la génesis de tal “carácter estructural” haya sido de vez en vez atribuida a la diferencia de género o al rol del capitalismo, la cosa es secundaria.
La recuperación y el ascenso del movimiento feministas representó una tentativa de respuesta a la crisis ideológica de las organizaciones políticas emergida con particular crudeza en el plano de las relaciones hombre-mujer y, contemporáneamente, un pasaje posterior de la descomposición de los grupos oportunistas. Tal crisis política e ideológica contenía en sí un gran potencial evolutivo de crítica compleja de las posiciones hegemónicas en los movimientos y de disolución constructiva de los grupos revolucionarios pequeño-burgueses de los años Setenta, con relativa apertura de una diversa perspectiva de organización y de lucha por la liberación de las mujeres unida a la perspectiva del comunismo. Pero la respuesta fue la de fijar y sancionar en el plano ideológico y ético el antagonismo entre hombre y mujer en el ámbito del mismo proletariado y de las masas populares.
Tal problema cultural e idealista continuará reproduciéndose en los años sucesivos en formas nuevas. La crisis de los grupos y de las áreas “comunistas”, “marxistas-leninistas”, movimientistas y anárquico-burocráticas continuará siempre replanteando y representando esta doble posibilidad, en cuanto concierne a la cuestión de las mujeres: o feminismo (más o menos ecléctica y confusamente “marxista”) o lucha de las mujeres por el comunismo. Esto con buena paz de quien continuará escarbando dentro de todo eso, tratando de poner juntos uno y otra.
Partiendo por tanto de la tesis de una diferencia originaria entre hombre y mujer, que se expresaría a priori en una relación estructuralmente antagonista, el pensamiento feminista promovió prácticas de lucha corporativas por “intereses de identidad” o limitadas a un culturalismo estéril de ‘resignificación’ del lenguaje. Haciendo pasar los intereses identitarios por realidad objetiva, el feminismo, en todas sus variantes, intencionalmente o no trabajó por excavar un foso antagonista al interior de las masas populares. Eso operó también en lo que concierne a varias formas del presunto “feminismo marxista”, que conciben la contradicción hombre-mujer no como una articulación de la contradicción de clase sino como una contradicción específica suplementaria a la de clase.
Las corrientes del feminismo de los años Setenta y las actuales están unidas a la filosofía idealista-objetiva del postmodernismo operante al servicio del imperialismo*. Objetivamente, negando en general el carácter de clase de la sociedad y la lucha de clase como ley del desarrollo histórico y social y, en lo particular, que la “contradicción hombre-mujer” pueda ser solo una articulación de la contradicción de clase que se refleja en el seno del pueblo, las varias corrientes del feminismo desempeñaron y desempeñan el rol de sostén de un proceso de revolución pasiva (Gramsci).
En línea con las teorías del postmodernismo, las feministas sostuvieron y sostienen intereses particulares y subjetivos, enfatizan y defienden las llamadas “políticas de género” o “de identidad”, crean ilusiones entre las masas populares, atribuyendo a las reivindicaciones abstractas del “reconocimiento de la diferencia” o de la “deconstrucción” de la “lengua masculina” el poder de detonar un cambio social fundado sobre la responsabilización. Esto, al contrario, equivale a reproducir una contradicción antagonista entre los hombres y las mujeres perteneciente a las masas populares, a fragmentarlas subordinando los intereses sociales colectivos del proletariado a los “intereses de identidad”.
También las corrientes del feminismo “marxista” o “anticapitalista”, que hacen las acrobacias por mantener en su instalación teórica el reclamo al marxismo, están de hecho en línea con las teorías del postmodernismo y rechazan la filosofía propia del marxismo, el materialismo histórico-dialéctico. La teorización por parte de estas corrientes del separatismo en la organización comunista y de la teoría de la doble revolución lleva a negar el hecho de que el único criterio que se puede poner en primer plano es el relativo a la contradicción de clase. La contradicción entre hombre y mujer en el proletariado y en las masas populares es, respecto a su dimensión estructural, de tipo no antagonista, una contradicción por tanto en el seno del pueblo. Sin asumir la centralidad de la contradicción de clase es inevitable llegar a negar que la lucha por la liberación de la mujer sea parte interna y constitutiva de la perspectiva comunista y por tanto es inevitable rechazar la filosofía del materialismo-dialéctico, síntesis teórica del conocimiento y de la práctica relativa a la entera historia de la humanidad, de la lucha de clases y del MCI.
En este sentido, el título del pésimo libro de 1970 de Carla Lonzi “Escupimos sobre Hegel”, con su desprecio por la dialéctica materialista y la concepción del mundo del proletariado, puede ser considerado la síntesis del “programa filosófico” de todo el feminismo de la segunda mitad de los años Setenta y de las décadas sucesivas hasta hoy.
Sin el materialismo histórico-dialéctico es imposible analizar y comprender la condición de opresión de las mujeres de las masas populares, es imposible indicar el camino de la definitiva liberación de las mujeres, es imposible transformar la sociedad. Por esto es necesario trabajar en la constitución de un partido comunista y en la construcción de una perspectiva y de una línea conformes que, en la lucha contra la opresión de la mujer, contra el machismo y el burocratismo dominante en las organizaciones de la extrema izquierda, contra las lógicas sectarias e individualistas del feminismo postmoderno, permitan trabajar para volver a dar significado e impulso al protagonismo de las mujeres de las masas proletarias y populares y para llegar a la formación de un efectivo movimiento popular de las mujeres revolucionarias **.
NUOVA EGEMONIA
*Sobre la cuestión véase el útil y bien establecido folleto del MOVIMIENTO FEMENINO POPULAR DE BRASIL<<“Postmodernismo” y feminismo: individualismo y relativismo burgués al servicio del imperialismo>> https://nuovaegemonia.com/2023/08/23/postmodernismo-e-femminismoindividualismo-e-relativismo-borghese-al-servizio-dellimperialismo/
**El texto de este artículo que evidencia el nexo entre lucha por la liberación de las mujeres y lucha por el comunismo retoma una serie de temas ampliamente tratados en el libro a cargo de Nueva Hegemonía “COMUNISMO, LUCHA DE LIBERACIÓN DE LAS MUJERES Y CRÍTICA DEL FEMINISMO BURGUÉS”. El libro es íntegramente descargable en el siguiente link https://nuovaegemonia.com/2024/12/07/un-libro-maoista-per-la-lotta-di-liberazione-delle-donne/