LA CUESTIÓN PALESTINA EN LA SITUACIÓN INTERNACIONAL Y LA ALTERNATIVA DEL MAOÍSMO

La guerra en curso desde hace varias semanas contra la población de Gaza indica un salto cualitativo en términos de intensidad y extensión de la política fascista y colonialista del Estado de Israel puesto avanzado, en Oriente Medio, del imperialismo occidental, en particular de los Estados Unidos.

Se trata de una situación de no retorno que, por el lado del Estado de Israel, pretende desarrollarse hacia el exterminio y la deportación de la población de Gaza y que impone, por el lado de la resistencia del pueblo palestino, un desarrollo adecuado de la guerra popular, democrática y nacional. Esta perspectiva requiere el apoyo de los pueblos oprimidos, de los demócratas, de los verdaderos comunistas y de los antifascistas de todo el mundo.

Las grandes y difundidas movilizaciones de solidaridad con el pueblo palestino de estas semanas tienen una gran importancia política, sobre todo por la amplia y combativa participación de las poblaciones árabes, pero, en lo que respecta a las fuerzas y movimientos de oposición presentes en los países imperialistas, ponen de manifiesto la debilidad de las fuerzas efectivamente comunistas y la profunda insuficiencia de un verdadero trabajo dirigido a la movilización y a la organización de los trabajadores y de los jóvenes.

Al mismo tiempo, debe ser denunciado como una parte importante de estas mismas fuerzas y de estos movimientos están trabajando para evitar que la solidaridad internacional salga de los estrechos márgenes de un movimiento de opinión que hace llamamientos inconsistentes a las mismas clases dominantes reaccionarias imperialistas cómplices de la inmensa masacre en curso.

La guerra genocida contra la población palestina es un hecho que trasciende ampliamente el propio Oriente Medio. Es una manifestación y una consecuencia de una situación internacional caracterizada por contradicciones cada vez más agudas, que tienden a la ruptura irreversible de marcos políticos y estratégicos ya profundamente en crisis. La cuestión palestina, así como la heroica resistencia de este pueblo, son solo uno de los muchos lados de una nueva fase histórica que ya está plenamente en marcha. Una fase de enfrentamiento entre dos bandos irreduciblemente opuestos. Por un lado, el avance del fascismo, el desarrollo de la guerra contra los pueblos oprimidos y la extensión de la guerra ínter-imperialista (ya en curso en Ucrania), por otro lado, el desarrollo de las luchas de liberación nacional, de las revoluciones de Nueva Democracia y de las revoluciones populares, demócratas antifascistas en la perspectiva de la instauración del socialismo.

En este sentido, la situación actual contiene muchos aspectos comparables a la de los años Treinta del siglo pasado, donde el ascenso del nazismo, con sus guerras de agresión contra la República Española, China y otros pueblos oprimidos y pequeñas naciones, marcó el comienzo real de la Segunda Guerra Mundial. Una guerra en el curso de la cual se desarrolló impetuosamente la lucha revolucionaria en varias partes del mundo, con un histórico avance del campo socialista a partir de las victorias del Ejército Rojo y de la URSS de Stalin, del desarrollo de las guerras partidistas, la instauración de las democracias populares y la gran afirmación de la revolución china dirigida por Mao.

Pero tenemos una diferencia con respecto a los años Treinta. El ascenso y desarrollo histórico de las revoluciones proletarias y, por tanto, de la lucha por el socialismo a escala planetaria no sigue un movimiento lineal, no coincide con un avance gradual hacia el comunismo. Como cualquier otro movimiento, también el desarrollo de la revolución proletaria mundial se produce con un movimiento dialéctico en espiral. De este modo, la revolución mundial, para asegurar nuevos desarrollos, parece a veces retroceder para poder tomar todo el impulso necesario exigido e impuesto por la aparición de nuevos problemas y nuevos obstáculos.  Así fue, p. ej., en 1914, cuando todos los partidos de la II Internacional pasaron al apoyo al imperialismo y a la contrarrevolución. En realidad, detrás de la desintegración total de todos los partidos “socialistas” de la época, que entregaron conscientemente decenas de millones de proletarios y campesinos a la masacre imperialista, la revolución proletaria mundial progresó poderosamente a través de la iniciativa del entonces pequeño partido bolchevique dirigido por Lenin que, en pocos años, supo ganar la revolución y constituir la URSS, desarrollar luchas revolucionarias de varios países en el mundo y construir la Tercera Internacional Comunista.

Hoy, respecto a los años Treinta, falta la Unión Soviética, el Estado Socialista dirigido por Stalin, falta la Tercera Internacional Comunista. Si luego miramos el final de la Segunda Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores, vemos que la base roja de la China de Mao también ha desaparecido.

La fusión entre imperialismo y revisionismo moderno y, en particular, el papel devastador que desempeña este último, es la verdadera causa subyacente de la actual ausencia de un campo de países socialistas.

Después de la muerte de Stalin, los revisionistas, presentes en fuerzas en el Partido Comunista y en el Estado socialista, lanzaron un golpe de Estado fascista y anticomunista reprimiendo y persiguiendo a las fuerzas auténticamente comunistas. La URSS se ha convertido en un país social-imperialista y socialfascista, yugo para la mayoría de las repúblicas soviéticas, enemigo de los pueblos oprimidos, promotor de políticas belicistas, empeñado entonces en constantes provocaciones políticas y militares contra la China socialista de Mao.

Sin embargo, el revisionismo moderno ya había aparecido en muchos partidos comunistas durante la Segunda Guerra Mundial y se había establecido en los partidos comunistas de Estados Unidos, Francia, España e Italia, bloqueando el desarrollo de la revolución democrática -popular hacia la instauración del socialismo, donde estaba en curso la resistencia popular antifascista.

Fue el Partido Comunista Chino bajo el liderazgo de Mao, fue el maoísmo quien, resolviendo orgánicamente los problemas teóricos y estratégicos planteados por la Tercera Internacional, desarrollando el marxismo y el leninismo, continuando y avanzando con la obra iniciada por Lenin y Stalin, ha sabido identificar el nuevo problema que había surgido, ha sabido desenmascarar al nuevo enemigo que se había presentado en la escena de la lucha de clases, el “revisionismo moderno”. Un enemigo que se desarrolla ya no, como la vieja socialdemocracia, atacando el marxismo, la revolución proletaria y la bandera roja, sino, por el contrario, levantando esta gloriosa bandera para poder hundirla mejor y contribuir así a derrotar el socialismo y la revolución proletaria.

El maoísmo indicó la verdadera naturaleza del revisionismo moderno inherente en el mismo el desarrollo del sistema económico imperialista. El maoísmo luego destacó cómo en el desarrollo y la crisis del capitalismo de Estado privado y público, tanto en los países imperialistas occidentales como en los países imperialistas ex-socialistas, existe una estrecha conexión entre la ineludible tendencia al fascismo inherente al capitalismo moribundo y el papel del revisionismo moderno, que prepara el terreno y allana el camino para la plena expresión y manifestación del mismo fascismo. De esta manera, el maoísmo dio una caracterización del revisionismo moderno como “socialfascismo”. Definición, en definitiva, válida ya desde el final de la Segunda Guerra Mundial para los partidos revisionistas de países como Estados Unidos, Francia, Italia, España, Yugoslavia, etc.

Mao lideró la lucha contra el revisionismo moderno en el movimiento comunista internacional y se opuso a fondo a su presencia en el Partido Comunista Chino y en el Estado socialista chino.  La Gran Revolución Cultural Proletaria, guiada por la ideología del marxismo-leninismo-maoísmo, ha favorecido el desarrollo de la lucha revolucionaria en varios países del mundo, ha llevado a la formación de partidos que luego abrazarán plenamente el maoísmo y ha favorecido las luchas y movimientos de los años Sesenta y Setenta en los países imperialistas. Con la Gran Revolución Cultural Proletaria Mao afirmó una nueva ley de la lucha por el comunismo, aquella según la cual en el socialismo son necesarias nuevas revoluciones culturales proletarias, nuevas guerras populares para derrotar los intentos de restauración del capitalismo.

Hasta su muerte, Mao advirtió a los comunistas sinceros, al proletariado y a las masas populares contra los intentos de restauración del socialismo llevados a cabo por los revisionistas modernos e indicó la necesidad de preparar la guerra popular contra tales intentos. Sin embargo, el peligro del revisionismo moderno ha sido una vez más subestimado por la propia izquierda del Partido Comunista Chino y los mejores comunistas del Partido y del Estado han caído bajo el golpe de Estado fascista de 1976 y, desde entonces, los heroicos maoístas chinos se ven obligados a operar en la más estrecha clandestinidad. También China se convirtió en 1976 en un Estado fascista y socialimperialista.

Durante los años Sesenta y una parte de los de la década siguiente, en varios países del Occidente imperialista se desarrollaron protestas y luchas de masas a menudo de amplias proporciones y caracterizadas, entre otras cosas, por diversas formas de ejercicio de la violencia proletaria. Estas luchas extensas y combativas, alimentadas también por la creciente descomposición del revisionismo moderno y la influencia de la Gran Revolución Cultural Proletaria, han caído bajo la hegemonía de fuerzas operaista, eclécticas y trotskistas, que se oponían a la construcción de un nuevo partido comunista marxista-leninista-maoísta para dar una dirección revolucionaria a la lucha de clases, que sostenían que la revolución se radicaliza radicalizando las luchas económicas, que negaban la centralidad de la teoría y de la ideología revolucionaria y que propagaban una concepción del mundo irracionalista y posmoderna. La crisis y la fragmentación de las fuerzas políticas que habían estado a la cabeza de los movimientos de aquellos decenios ha comportado, ya desde la segunda mitad de los años Setenta, la afirmación del economicismo, del movimientismo, del populismo de izquierda y del anarquismo en la izquierda reformista y “revolucionaria” y en el llamado movimiento comunista.

La crisis de los grupos y de las fuerzas oportunistas de los años Setenta se ha combinado y soldado así a los viejos grilletes, restos de la descomposición del revisionismo moderno, dando vida, en países como Italia, a una serie de fuerzas que, a pesar de su fragmentación sectaria, han resultado ampliamente hegemónicas en la extrema izquierda, los movimientos de oposición y el sindicalismo alternativo. Una situación que se ha perpetuado hasta hoy. Una situación que también obstaculiza el desarrollo de un verdadero movimiento de lucha en apoyo de la propia resistencia del pueblo palestino.

Por lo tanto, si nos fijamos en los años Treinta, tenemos diferencias decisivas con la situación actual. Pero al mismo tiempo, todas las contradicciones de la fase terminal del imperialismo en su conjunto se han acentuado aún más. Parece evidente que bajo el mar de fenómenos caóticos marcados por la aparente omnipotencia del imperialismo, del socialimperialismo y del avance a escala mundial del fascismo, se desarrolla el descontento, la indignación, la protesta, la rebelión de los pueblos oprimidos, de las masas populares y proletarios de todo el mundo. En última instancia, la tendencia a la revolución proletaria mundial es la principal y la ofensiva reaccionaria del imperialismo, el socialimperialismo y el fascismo es solo el intento de prolongar la vida del moribundo sistema capitalista. Al mismo tiempo, la ideología revolucionaria del proletariado no ha dejado de desarrollarse y de resolver los problemas planteados de vez en cuando por las nuevas dificultades, como la aparición y el papel del revisionismo moderno. No solo el marxismo-leninismo se ha desarrollado en el maoísmo, sino que también el maoísmo ha seguido adelante hasta representar hoy, no solo en el plano ideológico, sino también en el plano político, la única alternativa real al imperialismo, al socialismo y al fascismo. Esto pudo ocurrir gracias a la obra de Mao y a las experiencias revolucionarias y guerras populares de Nueva Democracia (desde las luchas revolucionarias de varios países de América Latina y Centroamérica hasta las guerras populares de Perú, India, Filipinas, Turquía) dirigidas por los partidos maoístas. Solo el marxismo-leninismo-maoísmo, principalmente maoísmo, está hoy a la altura de las necesidades de la lucha contra las diversas formas de revisionismo y oportunismo, y por lo tanto puede sustraerse a su influencia y contrarrestarlas adecuadamente.

Las luchas y experiencias de los pueblos oprimidos de América Latina, Centroamérica, África y Asia, así como las experiencias a menudo amargas de las luchas de los proletarios y las masas populares de los países imperialistas occidentales, del imperialismo ruso y del socialimperialismo chino, demuestran desde hace varias décadas que solo el proletariado como clase hegemónica, en la forma de un partido efectivamente comunista y revolucionario, es capaz de dirigir las luchas de liberación nacional, las revoluciones democráticas, populares y antifascistas y las revoluciones socialistas hacia la victoria y el desarrollo de la revolución proletaria mundial.

Por lo tanto, es necesario oponerse a las posiciones de las organizaciones de la izquierda radical o de la extrema izquierda que, entre otras cosas, sin poder expresar en modo alguno un liderazgo efectivo en las diversas manifestaciones que a menudo se caracterizan por una presencia mayoritaria de sectores de masas árabes o apartidistas, se oponen a la lucha contra el fascismo y a la construcción de un verdadero partido comunista, limitándose a proporcionar una solidaridad marginal o a hacer propuestas vacías de contenido. Contra estas posiciones hay que afirmar en cambio que una oposición efectiva a la actual fascistización y la construcción del partido son, en definitiva, las únicas vías que pueden garantizar un apoyo real a la lucha anti-imperialista mundial, y por consiguiente también a la lucha del pueblo palestino. Las organizaciones supuestamente “comunistas” que eligen conscientemente o no ignorar estos problemas caen de esta manera en un movimientismo sin salida política efectiva, si no se convierten, incluso, un apoyo a los sectores reaccionarios de la burguesía marginal que a menudo buscan ponerse a la cabeza de las calles.

En la actual fase del imperialismo moribundo, de la agudización de todas las contradicciones económicas y políticas, del inicio de la guerra ínter-imperialista, solo partidos comunistas auténticos guiados por la ideología del marxismo-leninismo-maoísmo pueden desarrollar y organizar conscientemente la protesta y la rebelión de las masas, fusionando la lucha por la democracia con la lucha por el socialismo.

Solo los partidos maoístas pueden evitar, como hasta ahora, que partes del capitalismo burocrático en los países oprimidos, sectores de las clases reaccionarias que pasan del imperialismo occidental al ruso o chino, sectores marginados o en vías de marginación de las clases dominantes en los propios países imperialistas, consigan ponerse a la cabeza de la protesta y la rebelión de las masas,  con el fin de utilizarlas para sus propios fines reaccionarios,  con el inevitable resultado de contribuir a su derrota.

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